Half Way Home

El vaso a medias

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Creo que la voz de Dionne Warwick (tía de la desaparecida Whitney Houston) me ha acompañado -no tan- esporádicamente durante gran parte de mi vida… y hace algunos minutos atrás, investigando su biografía, me he enterado que una de sus interpretaciones que más me gusta - si es que no la que más- fue precisamente la canción con la que obtuvo su primer premio Grammy en el año en que vine a este mundo.

El tema se titula “Do You Know the Way to San José” de la exquisita dupla Bacharach/David.

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mrwhaite:

Another Frankenstein themed post… 
This is a mash-up I drew a couple of years ago - I thought I’d resurrect it in time for Halloween. Yes, I know it’s a silly pun and Frankenstein isn’t actually the name of the monster, but what the heck!

mrwhaite:

Another Frankenstein themed post… 

This is a mash-up I drew a couple of years ago - I thought I’d resurrect it in time for Halloween. Yes, I know it’s a silly pun and Frankenstein isn’t actually the name of the monster, but what the heck!

(Source: mrwhaite)

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INMACULADO

De lejos me descubriste
De lejos me sentiste
De lejos me amaste

Desnudaste mi alma
Mi cuerpo
Mi mente

Poseiste todo de mi
Todo tú
Todo yo

De lejos llegaste
Donde nadie pudo
Sin tocarme

Te amé
Te viví
Te esperé

Te esperé

Fuiste todo
Fui todo
¿Lo fui?

Soy un recuerdo
Una sombra
Un espectro

Tan sólo una idea
que pudo ser
¿Pudo ser?

Vaga idea
Vago amor
Vago ser

Ser incompleto
Ser inconcluso
Ser iluso

Iluso ser
Ilusa idea
de un iluso amor

Tanto amor
Tanto por dar
Tanto sin dar

Ya es tarde
Ya no existo
Ya no puedo amar

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Sólo bastó mirarte
Sólo bastó besarte
Sólo bastó el silencio
Sólo bastó la distancia
Sólo faltó un adiós

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:: MORALEJAS DE UNA FÁBULA MAL CONTADA ::

O LA INAMIBILIDAD DE CIERTOS ANIMALES

Hablar de terrorismo en estos días en Chile es casi romántico. Paradojalmente, aun cuando los rostros de gobierno se dirijan al país con un vocabulario más bien acotado y frases aprendidas, llama la atención el manejo semántico de todo el sistema comunicacional. Han ido cambiando sostenidamente toda la nomenclatura a la que, como país, ya estábamos habituados. Y claro, como los programas sociales son los mismos o -peor aún- restringidos comparativamente con los gobiernos anteriores, lo mejor es hacerlos parecer como algo totalmente novedoso y que a los ojos del ciudadano común y corriente aparezcan como nuevos beneficios o en último caso, como algo que sigue siendo casi lo mismo, pero con un aire renovado.
Parte de esta nueva manera de hacer gobierno también pasa por ya casi no haber protestas, sino manifestaciones ciudadanas ya sea a favor o en contra de algo. Dicho sea de paso, éstas deben ser previamente autorizadas, programadas y llevarse a efecto en orden y con mesura.

Que vivimos en tiempos nuevos y el terrorismo en Chile es parte del pasado, ese pasado que jamás van a poder tapar con tierrita, ya que ese bulto es demasiado grande. En fin, el caso es que ahora se habla de violentismo y violentistas, como si fuesen un especie distinta a la humanidad, una especie de virus nefasto que hay que erradicar de la sociedad a toda costa: lo mismo con otro nombre. El que no sigue las reglas es excomulgado, despojado de sus derechos, señalado y repudiado.
Hasta el momento yo no veo gran diferencia salvo en que ahora las palabras parecen ser más amables. Cambios de forma sin fondo.

Y sólo se me viene a la mente la conversación de Alicia con el gato de Cheshire, en que finalmente el minino -siempre sonriente- concluye que no es el significado de las palabras lo que importa, sino quién es el que manda.

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Buscando la felicidad

Desde pequeño las personas mayores se fijaban en mi conducta muy propia pero esquiva con mis pares. Percepción, motricidad fina, aptitudes artísticas y académicas prometedoras, pero sin embargo incapaz de cruzar una palabra con otros niños o simplemente jugar como el resto. Siempre le temí a la gente.
Creciendo y abriéndome poco a poco a incluir a ciertas personas dentro de mi mundo, los mayores se fijaban en mi mirada triste y un sentido del humor poco común que ya mezclaba tintes muy oscuros -característica opuesta a los luminosos ideales y espíritu creativo, soñador y altruista que siempre gobernaron en mí.
Me fui dando cuenta que podía hablar y ser escuchado. Entonces comencé a dejar de lado muchos miedos que antes me paralizaban. Aunque nunca fue fácil.
Nuevos desafíos, nuevos ambientes, nuevas personas. Cosas buenas y cosas malas. Sucesos, cambios, pérdidas.

¿Y la felicidad dónde está?
Recuerdo haber sido feliz en brazos de mi madre. Recuerdo haber sido feliz jugando con mi hermano. Recuerdo haber sido feliz dibujando y pintando. Recuerdo haber sido feliz de ver a mi padre orgulloso por algo que hice.
Recuerdos felices que la mayoría atesora y revisa de vez en cuando. Y es que los momentos de felicidad se van juntando como en una suerte de libro de recuerdos que se va llenando y cargando de fotos, recortes, premios, diplomas, música, cuadros, juguetes, lugares, mascotas, amigos, novios, hijos, padres, abuelos y linajes enteros, ciudades y países y mil mundos y varios universos, todos caben en él mientras nos evoque esa felicidad que sentimos alguna vez.
Este insondable libro de felices recuerdos además posee la singular capacidad de reparar el material defectuoso que se encuentre en él. Y claro, como no podemos cambiar el pasado, por cierto que podemos modificar los recuerdos y pintarlos de los colores que se nos ocurra. Como quizá un antiguo juguete de latón rayado y con herrumbre con el que pudimos jugar, seguramente en nuestros recuerdos lo encontremos reluciente y cromado.
Esta capacidad que poseemos -al parecer naturalmente- de reparar, retocar, renovar, retapizar, limpiar, airear y hasta desinfectar y desparasitar los mejores momentos vividos, también lo podemos hacer con los no tan buenos y con tan minuciosa labor cerebral, muchos de éstos también pasan a engrosar los recuerdos felices brindándonos infancias doradas, juventudes de plenitud y primeros amores idílicos (aquí también entran los hijos hermosos, sanos y buenos). Así como también podemos enmarañar, ensuciar y envenenar los peores recuerdos dejándolos en algunos casos en estado de putrefacción misma. Pero al igual que en nuestras casas u oficinas, esos libros no están a la vista, sino ocultos donde ojalá nadie pueda verlos.

Pues bien, recuerdo lo malo que me ha pasado. A mí mismo y a los que he amado. Recuerdo que fui feliz en momentos, pero también recuerdo lo que no me hacía feliz en el mismo instante. Recuerdo mis miedos, recuerdo mis alegrías, recuerdo mis penas, mis frustraciones, mis logros, mis triunfos y mis derrotas. Recuerdo risas, llantos, sorpresas, miradas, caricias, toques, abrazos, culpas, errores, arrepentimientos, expectaciones, anhelos, sueños…
Recuerdo periodos en los que tuve más momentos felices que otros y recuerdo periodos en que fue todo lo contrario.
Si el pasado es pasado y además impreciso… y el futuro es siempre desconocido… lo único que tenemos es el aquí y el ahora. Porque el segundo que pasó ya es pasado y el que vendrá aún no existe.

Entonces ¿dónde se encuentra la felicidad?